Herederos del "Cafetín de Buenos Aires", hoy los cafés, con las características de este nuevo siglo, siguen siendo lugar para el encuentro y el lazo con el otro. Ya no son los versos tangueros los que se escriben en sus servilletas, pero siguen siendo ese espacio que sitúa al sujeto en un lugar en el mundo y donde se intercambian opiniones, se confiesan intimidades, o se llora el sufrimiento del amor perdido. Es entonces la palabra la que oficia de lazo con el semejante. La dimensión del cuerpo y la imagen son colocadas en un segundo plano, dándose prioridad a lo que se dice y lo que se escucha. "Tenemos que hablar, tomemos un café"; "Nos vemos en el Café"; son promesas de encuentro que hablan de la esperanza de hacer lazo con el otro en un intento de remediar el dolor de existir que nos habita en ese malentendido esencial que rige el vínculo entre los seres humanos. Lejos de la bohemia tucumana de "La cosechera" y de tantos otros bares y cafés, donde artistas, filósofos, psicoanalistas, intelectuales, amigos, se reunían en largas noches que sólo el sol interrumpía a tratar de entender y cambiar el mundo, el encuentro en el Café sigue siendo hoy, como aquel cafetín discepoliano el que da "entre asombros", ya no el cigarrillo, pero si "la fe en los sueños y la esperanza de amor", a través de la magia de las palabras en el encuentro con el semejante.